- Imágenes difundidas en redes sociales muestran un aviso que limita la atención a “control de signos vitales”, reactivando críticas por falta de planificación sanitaria en una comuna aislada y con alta carga turística.
La indignación creció con la misma rapidez con que se compartió la fotografía: en la puerta del CESFAM de San Pedro de Atacama apareció un letrero que, sin rodeos, anuncia una realidad inquietante para residentes y visitantes. “URGENCIA SIN MÉDICO / SOLO CONTROL DE SIGNOS VITALES”, se lee en el mensaje difundido durante las últimas horas en redes sociales, justo cuando la comuna vive el mayor flujo de turistas del año.
El impacto del aviso va más allá de lo simbólico. San Pedro de Atacama no es un punto urbano con alternativas cercanas: es un territorio extenso, con localidades dispersas, rutas que atraviesan zonas de altura y un circuito turístico que expone a riesgos propios del desierto, desde accidentes en carretera hasta cuadros de deshidratación, mal de altura y emergencias médicas agudas. En ese contexto, que el principal punto de respuesta inmediata quede reducido a una evaluación básica de signos vitales instaló un temor transversal: qué ocurre si el caso requiere diagnóstico, estabilización, medicamentos o decisiones clínicas urgentes.
Vecinos consultados describieron la escena como “un abandono a la vista”, porque el cartel no está escondido ni redactado en tecnicismos; está pegado donde cualquiera lo ve, como una advertencia para quien llegue buscando ayuda. “Uno entiende que falten profesionales en lugares aislados, pero no puede ser que la urgencia quede a medias cuando la comuna está llena de gente”, comentó un trabajador del sector servicios, mientras una residente del casco histórico resumió la preocupación en una frase: “Aquí no hay segunda opción”.
La tensión aumenta por la dependencia real de derivaciones. Cuando el primer eslabón de atención no cuenta con médico, la red se vuelve más frágil: la decisión de trasladar se vuelve casi automática, las ambulancias se transforman en recurso crítico y la espera de un cupo o una coordinación puede definir el desenlace en episodios graves. El propio municipio, en sus canales institucionales, mantiene publicados teléfonos de emergencia asociados a CESFAM y al 131, lo que refuerza la idea de que ese punto es la referencia sanitaria inmediata para la comuna.
La situación también vuelve a poner sobre la mesa un problema que no es nuevo. En 2024 ya se había reportado preocupación del equipo médico local por condiciones laborales e irregularidades, con alertas sobre la continuidad de turnos en el servicio de urgencia. Y en enero de 2025, el Colegio Médico de Chile emitió un llamado al Servicio de Salud de Antofagasta y al municipio para regularizar aspectos vinculados a turnos y a la situación de médicos destinados a la zona. Para varios habitantes, esos antecedentes explican por qué el episodio actual se interpreta como síntoma de una falla persistente, más que como un contratiempo puntual.
En la calle, el malestar se expresó con un reproche directo: la temporada alta es previsible. A diferencia de una emergencia climática o una contingencia inesperada, el verano en San Pedro se planifica con meses de anticipación, lo mismo que la ocupación hotelera, las excursiones y los flujos por el eje Calama–San Pedro. Por eso, la pregunta que circuló con fuerza fue por qué no existe un refuerzo asegurado cuando la demanda aumenta y el riesgo de incidentes se multiplica.
La crítica, además, se amplifica por el contraste con el relato público de inversión en salud para la comuna. En agosto de 2025, el Servicio de Salud de Antofagasta informó avances del proyecto del Hospital Multicultural de San Pedro de Atacama, presentado como un paso histórico para mejorar la atención en el territorio. Ese horizonte, sin embargo, no responde al problema de hoy: la población y los turistas no necesitan solo promesas de infraestructura futura, sino cobertura efectiva en el presente, con continuidad clínica.
El letrero, en ese sentido, actuó como una radiografía incómoda. No se requiere auditoría compleja para entender el mensaje: sin médico, la urgencia pierde su núcleo. Lo que queda es un punto de contención limitada, útil para registrar parámetros, pero insuficiente para manejar cuadros que evolucionan rápido. En un destino que se vende al mundo como experiencia de naturaleza extrema —géisers, lagunas altoandinas, trekking y recorridos de largo aliento—, el estándar mínimo de respuesta sanitaria se vuelve parte de la seguridad del propio modelo turístico.
Hasta ahora, no se ha difundido un pronunciamiento institucional que explique el motivo de la ausencia ni su duración. Sin esa aclaración, crecen dos riesgos paralelos: el sanitario, por la eventual demora en atenciones complejas, y el comunicacional, por la pérdida de confianza en la red local. Para los habitantes, la falta de información alimenta la sensación de improvisación. Para los visitantes, introduce incertidumbre: si ocurre una urgencia real, ¿qué tan rápida es la respuesta?, ¿quién decide el traslado?, ¿cuánto tiempo toma?
En lo inmediato, el episodio deja instalada una exigencia que se repite cada verano: planificación con enfoque territorial. San Pedro no puede ser tratado como una comuna estándar, porque sus condiciones geográficas y su carácter turístico elevan la exigencia operativa. La respuesta no pasa solo por sumar personal en el papel, sino por asegurar turnos sostenibles, incentivos que retengan profesionales, coordinación efectiva con derivaciones y protocolos claros de contingencia cuando falta un componente crítico.
El cartel que encendió la indignación puede retirarse en cualquier momento. Lo que no se borra con facilidad es la señal que transmitió: que, en el principal destino turístico del país, la urgencia puede quedar reducida a un trámite básico justo cuando la demanda está en su punto más alto. Y esa es una alerta que, para muchos en la comuna, ya no admite explicaciones genéricas ni soluciones a largo plazo, sino una respuesta inmediata y verificable.

