Kast abre su mandato con auditorías totales y un relato de crisis para instalar su “gobierno de emergencia”

  • El nuevo Presidente endureció el tono en su primer discurso, puso en duda el estado en que recibe el país y convirtió la seguridad, la corrupción y la desconfianza institucional en el eje político de su arranque.

José Antonio Kast estrenó su Presidencia con una señal tan clara como calculada: instalar la idea de que recibe un país más deteriorado de lo esperado y que, por lo mismo, su administración no tendrá una marcha gradual, sino lógica de urgencia. Desde el balcón de La Moneda, el Mandatario anunció que instruyó a sus ministros realizar “auditorías completas” para conocer “el estado de la nación”, en un mensaje que apuntó directamente a la herencia del gobierno saliente y que buscó convertir el diagnóstico crítico en fundamento político de su primer ciclo en el poder. La frase no fue casual. Kast no solo informó una revisión administrativa, sino que abrió su gestión con un acto de desconfianza institucional hacia lo que recibe, dejando planteado desde el primer día que gobernará bajo la premisa de que el aparato estatal debe ser examinado antes que continuado.

El mensaje tuvo una segunda capa, todavía más política. Al afirmar que decir que reciben el país en malas condiciones “no es excusa”, sino una obligación de transparencia, Kast intentó blindarse de antemano frente a las dificultades de su propia gestión y, al mismo tiempo, trasladó el foco desde las promesas de campaña hacia el estado en que asegura haber encontrado el país. En esa jugada hay una operación evidente: construir legitimidad para decisiones duras, eventuales ajustes y una narrativa de corrección profunda. Su concepto de “gobierno de emergencia”, repetido tanto en el discurso como en sus primeras definiciones públicas, aparece así no solo como una consigna de arranque, sino como el marco político con que buscará justificar velocidad, mano dura y concentración de decisiones en materias sensibles.

En seguridad, el tono fue incluso más confrontacional. “No vamos a negociar. Los vamos a perseguir, los vamos a encontrar, los vamos a juzgar, y los vamos a condenar”, dijo el Presidente al referirse a quienes definió como “adversarios de Chile”, una formulación que endurece el lenguaje presidencial y que instala una frontera política y simbólica entre el nuevo gobierno y sus enemigos declarados. Más que un llamado de unidad nacional, el discurso inaugural de Kast optó por una retórica de combate, donde el orden, la persecución penal y la recuperación del control estatal se ubican por encima de cualquier tono conciliador. Lo mismo ocurrió con su promesa de ser “implacables” frente a la corrupción, una bandera que conecta con una demanda ciudadana real, pero que en su estreno fue presentada también como un instrumento para reforzar la tesis de que el Estado habría sido utilizado con abuso, desorden o fines impropios.

El punto políticamente más delicado es que, al abrir su gobierno con auditorías generales, amenazas de persecución y la promesa de “recuperar” el país, Kast eleva de inmediato las expectativas sobre resultados concretos. Porque una cosa es instalar un relato de crisis y otra muy distinta demostrar, con antecedentes verificables, que el deterioro denunciado justifica el volumen de las medidas anunciadas. Si las auditorías terminan convertidas en una herramienta de propaganda, el nuevo Mandatario correrá el riesgo de que su discurso inaugural envejezca rápido. Pero si esas revisiones derivan en hallazgos consistentes y en correcciones reales, habrá conseguido convertir un arranque ideológico en una ofensiva política eficaz. Por ahora, lo que quedó claro es que Kast no escogió debutar como administrador, sino como fiscalizador del Estado que acaba de recibir.

El cierre de su intervención terminó de confirmar esa línea. “Vamos a recuperar nuestro país. Vamos a recuperar nuestras calles. Vamos a recuperar nuestras instituciones. Vamos a recuperar la esperanza”, sostuvo, condensando en una sola secuencia el corazón de su apuesta: presentar a Chile como una nación dañada, con autoridad debilitada y con instituciones erosionadas, para luego ofrecerse como el conductor de una restauración. Es una fórmula potente para ordenar a su electorado y marcar diferencias con el ciclo político anterior, pero también una apuesta riesgosa: cuando un Presidente parte diciendo que debe recuperar casi todo, se obliga a mostrar pronto que esa promesa es algo más que una declaración de fuerza. En su primera noche en La Moneda, Kast dejó una certeza: su gobierno comenzó en clave de confrontación, revisión y control. La gran incógnita ahora es si ese tono de emergencia será capaz de traducirse en gestión o si terminará consumido por el peso de sus propias advertencias

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