Kast dinamita el traspaso y hunde a La Moneda en una crisis inédita por el cable chino

  • El presidente electo cortó el proceso de transición, acusó opacidad y dejó al Gobierno de Boric atrapado en su propia crisis. La disputa por el cable submarino con China ya dejó de ser un conflicto diplomático: es una guerra política abierta por el control del cierre de mandato.

La transición presidencial chilena saltó por los aires. No por una diferencia menor, no por un malentendido de protocolo, no por el desgaste natural entre un gobierno que se va y otro que llega. Saltó por una crisis de confianza total, por una pelea descarnada entre Gabriel Boric y José Antonio Kast, y por un tema que terminó desnudando la fragilidad del Estado frente a una presión internacional de primera magnitud: el cable submarino con China. El resultado fue demoledor. Kast no solo se levantó de la mesa; decidió romper el proceso de traspaso y declarar, sin matices, que no confía en la información que entrega La Moneda.

La frase con que el presidente electo cerró la puerta fue brutal en su forma y más brutal aún en su fondo. “Le ponemos término al proceso de traspaso que habíamos iniciado. No confiamos en la información que se nos está entregando”, dijo, transformando lo que hasta hace horas era una transición crispada en una ruptura política formal. En la práctica, Kast hizo añicos una tradición republicana que desde 1990 había sobrevivido a cambios de coalición, derrotas duras y tensiones ideológicas profundas. Esta vez, el quiebre no fue soterrado. Fue público, frontal y deliberado.

La señal es de una gravedad excepcional. Porque cuando un presidente electo decide cortar el flujo de información con el gobierno saliente a una semana del cambio de mando, lo que está diciendo no es solo que hay desacuerdos. Lo que está diciendo es que considera políticamente contaminado el material que recibe desde el poder. Y cuando eso ocurre en medio de una controversia internacional vinculada a China, Estados Unidos y decisiones estratégicas del Estado, la crisis deja de ser un episodio de transición. Pasa a ser una señal de descomposición institucional.

Kast justificó su decisión acusando “una contradicción permanente entre las distintas autoridades dependiendo del día y la hora en que se refieren a esta situación compleja”. La frase no fue casual. Apunta directamente al flanco más débil del Gobierno: la inconsistencia de sus versiones, la torpeza con que administró el caso y la sensación, cada vez más extendida, de que La Moneda nunca tuvo control real sobre una crisis que fue creciendo en silencio hasta estallarles en la cara. El problema del oficialismo no es solo que hoy esté bajo cuestionamiento. El problema es que, ante el país, ya no parece capaz de fijar una versión sólida ni siquiera sobre lo que habló o no habló con el mandatario que lo sucederá.

Boric intentó responder con un tono de firmeza institucional, pero también con evidente irritación política. Aseguró que “claramente hay una estrategia de cómo llevar adelante esto” y sostuvo que su gobierno sigue “plenamente disponible” para todas las reuniones necesarias. Con eso quiso instalar que no es La Moneda la que rompe, sino Kast quien decidió convertir el cierre del mandato en una operación de desgaste. El Presidente buscó mostrarse como el actor responsable frente a un sucesor que, según su lectura, ya empezó a gobernar desde la sospecha. Pero la defensa llegó tarde y con un problema de fondo: cuando un jefe de Estado tiene que salir a convencer al país de que sí dijo la verdad en una conversación con el presidente electo, es porque la autoridad política ya entró en zona de erosión.

El corazón del conflicto está en la llamada del 18 de febrero. El Gobierno sostiene que ese día Boric habló con Kast durante 16 minutos y le señaló que uno de los asuntos que debían conversar era precisamente el cable chino, junto con la advertencia o amenaza de Estados Unidos sobre sus implicancias geopolíticas. Kast, por su parte, ha buscado rebajar el alcance de ese contacto, diferenciando entre “informar” y apenas “enunciar” el tema. Ese matiz puede ser útil para una defensa política, pero no resuelve el problema central. Si hubo conversación, si el tema fue mencionado y si se habló de coordinarlo, entonces el conflicto ya no gira solo en torno a si hubo o no aviso. Gira en torno a cuánto sabía realmente el presidente electo y cuánto le conviene hoy reconocerlo.

Y esa es la parte más tóxica de toda esta historia. Porque la disputa dejó de ser administrativa y se convirtió en una guerra por el relato. Boric necesita demostrar que sí actuó con transparencia y que informó lo que correspondía. Kast necesita instalar que recibió una transición opaca, incompleta y contaminada por decisiones de última hora. Los dos están peleando por algo más que una versión de los hechos: están peleando por fijar quién carga con el costo político de una crisis internacional que ambos entienden como explosiva. El cable chino ya no es solo un cable. Es el expediente con el que se están midiendo, a días del cambio de mando, la credibilidad del gobierno que termina y la dureza del gobierno que empieza.

Lo que vuelve todo aún más grave es el contexto internacional. La controversia por este proyecto escaló en medio de objeciones de Estados Unidos y derivó en un cuadro de alta tensión política. El País reportó que la ruptura entre Boric y Kast se convirtió en un hecho inédito de la historia reciente chilena, precisamente porque el conflicto mezcla transición presidencial, disputa geopolítica y desconfianza total entre administraciones. No es exagerado decir que el caso expuso a Chile en el peor terreno posible: el de un país pequeño, tensionado por potencias y sin una élite política capaz de procesar esa presión con una mínima disciplina de Estado.

La Moneda, en rigor, llega a este desenlace con responsabilidad propia. Puede denunciar una estrategia de Kast, puede acusar aprovechamiento político y puede repetir que mantiene la disposición al diálogo. Pero lo concreto es que el Gobierno de Boric administró este asunto con una mezcla letal de desorden, hermetismo y debilidad. Si sabía que el proyecto era geopolíticamente inflamable, debió haberlo blindado o congelado con absoluta claridad. Si decidió avanzar, debió asumir el costo político con una línea coherente. Lo que no podía hacer era moverse entre señales cruzadas, advertencias externas y explicaciones tardías. Eso no es prudencia. Eso es perder el control.

Kast, sin embargo, tampoco queda libre de costo. Romper el traspaso puede fortalecer su relato opositor y consolidar la idea de que llega a limpiar la casa. Pero gobernar no es vivir en campaña. Si a días de asumir opta por dinamitar una tradición republicana, la pregunta inevitable es cómo enfrentará conflictos todavía mayores cuando ya no pueda culpar al gobierno saliente. Hay una diferencia entre marcar distancia y degradar la continuidad del Estado. Y el presidente electo decidió caminar por esa cornisa. Si su apuesta es instalar autoridad, deberá demostrar muy pronto que esa autoridad sirve para algo más que para romper puentes.

El cierre de esta crisis, por ahora, deja una imagen devastadora. Un presidente saliente denunciando una operación política. Un presidente electo acusando falta de transparencia y terminando el traspaso. Equipos ministeriales que ven suspendidas decenas de reuniones. Y un país obligado a observar cómo una cuestión estratégica se reduce a una pelea de desmentidos, recriminaciones y control del daño. La famosa madurez republicana chilena, tantas veces invocada como emblema, quedó reducida a una fachada de cartón frente al primer conflicto de presión geopolítica real.

Y aquí está el punto editorial que la política preferiría no mirar de frente: esta crisis no degrada solo a Boric ni beneficia automáticamente a Kast. Degrada al Estado. Lo rebaja. Lo muestra vulnerable, reactivo y encerrado en una pelea doméstica mientras las decisiones estratégicas se cruzan con los intereses de Washington y Beijing. En vez de dar una señal de firmeza nacional, Chile aparece como una república que discute quién mintió primero mientras el poder real se juega en otro tablero. Ese es el verdadero escándalo. No solo que se haya roto el traspaso, sino que, cuando llegó la hora de actuar con estatura, el sistema político volvió a exhibir su peor reflejo: el de una clase dirigente demasiado pequeña para el tamaño del conflicto que tiene encima.