Mercados buscan rebotar, pero el petróleo y la guerra siguen marcando el precio de la incertidumbre

  • El alivio financiero de este viernes es apenas parcial: Chile enfrenta combustibles históricamente caros, un peso debilitado y una economía expuesta a un shock externo que todavía no encuentra salida política.

Los mercados internacionales amanecieron este viernes 27 de marzo con un intento de estabilización, pero lejos de una recuperación sólida. El factor que sigue dominando la escena no es financiero, sino geopolítico: la guerra en torno a Irán, el cierre parcial del Estrecho de Ormuz y la incertidumbre sobre si la pausa anunciada por Washington realmente abre una ventana diplomática o solo posterga una nueva escalada. Reuters reportó que el crudo volvió a subir con fuerza este viernes, con el Brent en torno a US$111 y el WTI cerca de US$97 por barril, aunque ambos encaminándose a su primera baja semanal desde que comenzó el conflicto, precisamente porque el mercado todavía no logra decidir si cree o no en una descompresión real.

En ese contexto, la lectura económica es clara: hay un rebote técnico, pero no un cambio de tendencia. Wall Street llega golpeado tras la peor sesión desde el inicio de la guerra. El jueves, el Nasdaq cayó 2,4% hasta 21.408 puntos, el S&P 500 retrocedió 1,7% hasta 6.477 y el Dow Jones perdió 1% hasta 45.960 unidades. El Nasdaq, además, quedó oficialmente en corrección técnica al ubicarse más de 10% por debajo de su máximo. Y aunque durante la mañana hubo momentos de alivio en los contratos, Reuters informó que los futuros seguían mostrando cautela e incluso leves retrocesos, reflejando que el mercado no compra todavía una narrativa de normalización.

Para Chile, el cuadro es especialmente delicado porque el país no está mirando esta crisis desde la galería. La economía local recibe el golpe por dos vías simultáneas: energía cara y menor holgura externa. Reuters informó que el fuerte salto de los combustibles en Chile ya se convirtió en una de las primeras pruebas económicas y políticas del nuevo gobierno, luego de que la gasolina de 93 octanos subiera alrededor de 30% y el diésel cerca de 60%, en un ajuste que buscó alinear los precios internos con el shock petrolero global y aliviar la presión fiscal que implicaba seguir subsidiando el desfase. El propio reporte advierte que este ajuste empujaría la inflación chilena hacia el 4% anual durante el segundo trimestre.

Ese impacto ya tiene respaldo oficial y operativo. ENAP informó para la semana del 26 de marzo un alza de $372,2 por litro en la gasolina de 93 octanos y de $580,3 por litro en el diésel, mientras la Comisión Nacional de Energía publicó la resolución correspondiente del MEPCO. Medios chilenos reportaron que el litro promedio de 93 octanos en la Región Metropolitana superó los $1.500, confirmando el mayor ajuste en décadas.

En ese escenario, el rebote que puedan mostrar las bolsas o una pausa del dólar no alcanzan para cambiar el diagnóstico de fondo. La presión sobre el peso chileno sigue siendo coherente con un mercado que castiga a las economías importadoras de energía y que, al mismo tiempo, mira con inquietud la desaceleración industrial global. Reuters ya había advertido a comienzos de marzo que el peso chileno estaba entre las monedas emergentes golpeadas por el nuevo ciclo de aversión al riesgo, mientras la propia agencia subrayó que la administración chilena enfrenta un cuadro externo mucho más hostil del que recibió al asumir.

El cobre, por su parte, entrega una señal ambivalente. Reuters consignó esta semana que el metal acumula una caída cercana al 10% desde el inicio de los ataques de Estados Unidos e Israel sobre Irán, aunque persiste una visión de demanda estructural fuerte hacia adelante. Para Chile eso implica una contradicción incómoda: el principal producto de exportación no colapsa, pero tampoco compensa plenamente el encarecimiento energético ni la volatilidad financiera que hoy encarece costos, presiona márgenes y deteriora expectativas.

Tampoco el oro está funcionando con la linealidad clásica del “refugio seguro”. Reuters reportó que el metal subió este viernes a la zona de US$4.425 la onza por compras de oportunidad, pero aún se encamina a una cuarta caída semanal consecutiva. La explicación es económica: el alza del petróleo ha reforzado el temor a una inflación más persistente y a tasas más altas por más tiempo, reduciendo parte del atractivo del oro pese al contexto bélico. Eso revela una señal inquietante: el mercado no solo teme a la guerra, también teme a sus consecuencias monetarias.

Hay, además, un dato importante que ordena las expectativas para Estados Unidos y que conviene precisar. A diferencia de lo que muchos operadores habían venido anticipando, el próximo informe de Personal Income and Outlays con el PCE de febrero no se publica hoy, sino el 9 de abril, según el calendario oficial de la Bureau of Economic Analysis. La última lectura disponible es la de enero, publicada el 13 de marzo. Por eso, la próxima semana el foco real del mercado estará más en el empleo de Estados Unidos y en cualquier señal concreta sobre Oriente Medio que en un PCE que todavía no sale.

La conclusión económica es incómoda, pero nítida: el rebote de hoy no es una señal de tranquilidad, sino de fatiga. Los inversionistas compran algo de alivio porque la diplomacia no está muerta, pero siguen vendiendo convicción porque el conflicto tampoco está resuelto. Para Chile, eso significa convivir con un equilibrio muy frágil: combustibles históricamente caros, inflación con riesgo de reactivarse, presión sobre el tipo de cambio y un Banco Central obligado a mirar con prudencia antes que con audacia. Mientras el petróleo siga secuestrado por la geopolítica, cualquier mejora de mercado será parcial, reversible y probablemente corta.

Finalmente, esta jornada es evidente: el mercado puede intentar rebotar en la pantalla, pero la economía real no rebota al mismo ritmo. En Chile, el alza de las bencinas ya cruzó desde los terminales financieros hacia la vida cotidiana. Y cuando eso ocurre, la volatilidad deja de ser un problema de traders para convertirse en una presión concreta sobre hogares, transporte, consumo e inflación. En esa frontera entre la bolsa y el bolsillo es donde realmente se está jugando esta crisis.