- Universidad de Chile barrió en Santa Laura con tantos de Matías Sepúlveda, Nicolás Guerra y Lucas Assadi. El “Cacique” jugó una hora con uno menos por la expulsión de Sebastián Vegas. Los azules levantan el primer título del año y se enfocan ahora en Alianza Lima por la Sudamericana.
Universidad de Chile firmó una jornada perfecta en el estadio Santa Laura. Con jerarquía, intensidad y una pegada quirúrgica, el equipo de Gustavo Álvarez derrotó 3-0 a Colo Colo y conquistó la Supercopa 2025, el trofeo que enfrenta a los monarcas de la temporada 2024. Fue una tarde dominada de principio a fin por los azules, que despejaron cualquier duda sobre el desgaste previo al cruce internacional y, lejos de dosificar, evidenciaron que atraviesan un momento colectivo sólido.
El encuentro tuvo un punto de quiebre nítido a la media hora, aunque antes ya había señales de superioridad universitaria. A los 18’, Matías Sepúlveda abrió la cuenta con un disparo seco desde media distancia que dejó sin reacción a Fernando de Paul. La jugada resumió el plan azul: circulación limpia para atraer, pase hacia atrás para perfilar al volante creativo y tiro inalcanzable, un golazo que inclinó el trámite. Desde entonces, Colo Colo acusó el golpe y la U se sintió cómoda manejando los ritmos, con un bloque medio que saltaba a presionar tras pérdida y una segunda línea —Sepúlveda, Assadi, Altamirano— con libertad para aparecer entre líneas.
La expulsión de Sebastián Vegas a los 30’ terminó de despejar el camino local. El zaguero albo vio la roja por una infracción como último hombre cuando Nicolás Guerra se escapaba rumbo al mano a mano; la decisión se ratificó tras revisión del VAR. Con un futbolista más, la U aceleró y encontró el 2-0 a los 37’: Altamirano probó desde la frontal, De Paul dio rebote y Guerra, atento, empujó a la red. Hasta ahí, el guion era claro: los azules imponían oficio y frescura, y el “Cacique” se sostenía con poco, obligado a reconfigurarse defensivamente y ceder campo.
El descanso no alteró el mapa. Fernando Ortiz movió la banca e ingresó a Arturo Vidal para sumar control y pase largo que habilitara a los extremos, pero la U respondió con la mejor medicina: otro golpe temprano. A los 50’, Lucas Assadi rubricó la goleada con un derechazo ajustado; el vuelo de De Paul lució fotogénico, no efectivo. Desde entonces, la administración del resultado fue inteligente. Álvarez bajó las pulsaciones sin perder presión tras pérdida, acortó líneas y rotó esfuerzos pensando en el calendario: el jueves 19 de septiembre enfrenta a Alianza Lima por la ida de los cuartos de final de la Copa Sudamericana.
Más allá del marcador, el campeón dejó sensaciones de equipo trabajado. La zaga respondió con solvencia en los cruces, el mediocampo ganó duelos y segundas pelotas, y el tridente de volantes ofensivos interpretó con madurez cuándo acelerar y cuándo pausar. La lectura posicional de Sepúlveda —dueño del primer gol— fue clave para desarticular la presión alba; Assadi, por su parte, alternó amplitud y diagonales con criterio, y Guerra se movió entre centrales para liberar pasillos interiores. El resultado: posesiones no largas pero sí dañinas, una ocupación de espacios que obligó a Colo Colo a retroceder más de la cuenta y una avalancha de llegadas que pudieron ampliar la diferencia.
Para Colo Colo, la tarde en Independencia fue cuesta arriba desde el inicio. El equipo intentó equilibrar con cambios de orientación hacia bandas y con la energía de Vidal al recuperar, pero la inferioridad numérica y la desconexión entre volantes y delanteros impidieron plantar resistencia real. El ingreso del “Rey” aportó ímpetu, no claridad. Con la línea de fondo desajustada tras la expulsión de Vegas, el “Cacique” se sostuvo por ráfagas y a balón parado, sin volumen para comprometer a Campos con frecuencia. La derrota dolió más que el resultado: significó dejar escapar la única opción concreta de título en el año del Centenario, un golpe anímico que obliga a revisar funcionamiento y convicciones.
La Supercopa, en cambio, reencuentra a la U con una postal que su gente extrañaba: vuelta olímpica, estandarte al cielo y un plantel que se reconoce competitivo en los momentos grandes. El título no solo corona una actuación redonda ante el archirrival; también valora una idea que el grupo ha internalizado: presión coordinada, circulación con propósito y eficacia. Tres llegadas limpias, tres goles. Si la ecuación se sostiene, el desafío internacional asoma con argumentos futbolísticos y anímicos.
El pitazo final encontró a los azules más celebrando que sufriendo. Álvarez —acusado de pragmatismo en ciertos pasajes— quedó validado en el póker de decisiones que explican el 3-0: apuesta por el remate exterior de su enganche, lectura para atacar la espalda de los centrales albos, frescura en la banda derecha para romper con diagonales de Assadi y un plan para gestionar energías pensando en el jueves. El plantel, por su parte, asumió el partido con seriedad pese al ruido externo por la proximidad de la Sudamericana. Lejos de “guardar piernas”, compitió con la intensidad que proponía el rival y la que exige una final.
En tribunas colmadas y con el clásico colorido de ambas hinchadas, Santa Laura fue escenario de una definición sin equivalencias. La U borró apuros con fútbol y celebró con su gente; Colo Colo se retiró cabizbajo, consciente de que el margen de error se agotó y de que el 2025, en lo doméstico, queda sin coronaciones. Mientras el “Cacique” decide si reensambla su columna o si profundiza una transición, Universidad de Chile se instala en el inicio de un tramo que puede ordenar el año: campeón en casa y con la brújula apuntando a Lima.
Quedará en la retina el derechazo de Sepúlveda que abrió la puerta, el olfato de Guerra para el 2-0 y la estocada de Assadi para abrochar la faena. Tres firmas distintas para un mismo mensaje: la U se plantó como un equipo seguro de su plan y de su presente. La fiesta fue azul de principio a fin. Y, a juzgar por el rendimiento, el festejo puede ser también un punto de partida.