- Irritabilidad, aislamiento o una repentina serenidad pueden esconder un sufrimiento profundo. El académico de la Universidad Finis Terrae, Christian Schnake, enseña a identificar factores de riesgo según la edad y entrega herramientas para acompañar sin juzgar.
A diferencia del mito popular que asocia el riesgo suicida casi de forma exclusiva a los días oscuros y fríos del invierno, la evidencia clínica demuestra que es justamente durante la primavera cuando suele registrarse un incremento en la frecuencia de casos.
Así lo explica Christian Schnake, director del Centro de Psicología Integral de la Persona de la Universidad Finis Terrae, quien señala que el cambio de estación cumple un rol determinante: “Existe la creencia de que el invierno es el periodo más crítico, pero en primavera observamos un fenómeno de mayor cuidado. Personas que previamente carecían de la fuerza o la energía para concretar sus planes experimentan un aumento en su nivel de activación motora durante esta época, lo que incrementa sustancialmente el riesgo de actuación”.
A este factor estacional se suma la heterogeneidad del dolor emocional según la etapa de la vida. Mientras que en la adultez pesan el estrés acumulado o los trastornos del ánimo crónicos, en la infancia y la juventud prima la impulsividad. “En las etapas más jóvenes, una conducta suicida con frecuencia no es el resultado de un plan elaborado durante meses, sino la consecuencia inmediata de un descontrol emocional agudo frente a un conflicto escolar, acoso o una ruptura familiar”, advierte el especialista.
Señales de alerta y comportamientos que solemos malinterpretar
Para prevenir a tiempo, el académico de la U. Finis Terrae enfatiza la importancia de aprender a identificar señales silenciosas pero claras en nuestro entorno cotidiano:
- Alteraciones en el ánimo y la energía: Apariencia triste o apática, mirada apagada, letargo, cansancio continuo o pérdida de interés por actividades habituales.
- Cambios en hábitos y aislamiento: Tendencia a encerrarse, alteraciones drásticas del sueño (insomnio o hipersomnia), cambios en la alimentación y rechazo intempestivo a asistir al colegio, instituto o universidad.
- Expresiones de carga o inutilidad: Sentimientos de culpa, baja del rendimiento académico o laboral y verbalizaciones sobre querer “desaparecer” o “terminar con todo”.
Sin embargo, el peligro muchas veces radica en comportamientos que el entorno suele malinterpretar o minimizar:
- La “falsa mejoría”: Pasar de una tristeza profunda a una serenidad repentina no siempre es signo de recuperación. “En muchos casos, esa calma repentina no refleja alivio clínico, sino la tranquilidad que experimenta la persona tras haber tomado una decisión trágica”, aclara Schnake.
- La irritabilidad como síntoma: El dolor no siempre se expresa en llanto. En hombres y adolescentes, con frecuencia se manifiesta mediante rabia, hostilidad o estallidos conductuales.
- Desestimar el pedido de ayuda: Catalogar las autolesiones o comentarios pasivos sobre la muerte como “ganas de llamar la atención” o “manipulación” es un error grave que incrementa el riesgo.
¿Cómo actuar ante la sospecha?
Frente a la detección de cualquier señal o conducta de riesgo, el director del Centro de Psicología Integral de la Persona de la U. Finis Terrae entrega cuatro recomendaciones esenciales para el entorno cercano:
- Escuchar sin juzgar: Validar el dolor emocional sin recurrir a frases hechas como “tienes todo para ser feliz” o “no te ahogues en un vaso de agua”.
- Perder el miedo a preguntar directamente: “Existe el mito de que preguntar directamente sobre la muerte puede ‘meter la idea’ en la cabeza. Es falso. Preguntar concretamente: ‘¿Has pensado en quitarte la vida?’ abre un espacio seguro para el desahogo y nos permite evaluar el riesgo real”, enfatiza Christian Schnake.
- Facilitar la consulta profesional: Sugerir y acompañar activamente a la persona en la búsqueda de ayuda psicológica o psiquiátrica.
- Acompañar y proteger: No dejar sola a la persona en momentos de crisis, retirar elementos peligrosos de su alcance y acudir de inmediato a las redes de apoyo.
“Prevenir el suicidio requiere un compromiso colectivo. Aunque el país cuenta con herramientas valiosas como la línea gratuita de apoyo telefónico *4141 (‘No estás solo/a’), la prevención primaria parte por casa y en las aulas: tomar en serio cada señal, entender las vulnerabilidades según cada edad y hablar de esto con apertura es el primer paso para salvar vidas”, concluye el profesional.