- La Encuesta Nacional de Empleo del INE reveló que la desocupación aumentó en doce meses durante el trimestre enero-marzo de 2026. Aunque hubo un leve avance en ocupación, el deterioro se expresa en más personas buscando trabajo, aumento del empleo informal y una tasa femenina que llegó al 10%.
La tasa de desocupación en Chile alcanzó un 8,9% durante el trimestre enero-marzo de 2026, según informó el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) a través de la Encuesta Nacional de Empleo. La cifra representa un aumento de 0,2 puntos porcentuales en doce meses y vuelve a instalar una señal de alerta sobre la capacidad real de la economía para generar empleos suficientes, estables y de calidad.
El dato no solo confirma que el desempleo continúa en niveles elevados, sino que además deja en evidencia una tensión estructural del mercado laboral: la fuerza de trabajo creció 0,7%, por encima del aumento de las personas ocupadas, que apenas avanzó 0,5%. En términos simples, más personas salieron a buscar empleo, pero la economía no fue capaz de absorber ese mayor contingente con la misma velocidad.
Como consecuencia, las personas desocupadas aumentaron 3,3% en doce meses, incididas tanto por quienes se encontraban cesantes, que crecieron 2,0%, como por quienes buscan trabajo por primera vez, grupo que registró un alza mucho más pronunciada de 14,5%. Esta última cifra refleja una dificultad particularmente sensible: la entrada al mercado laboral sigue siendo compleja para quienes intentan iniciar su trayectoria ocupacional en un escenario de baja creación de puestos formales.
El informe del INE también mostró un retroceso en indicadores claves de participación y ocupación. La tasa de participación se ubicó en 62,3%, con una baja de 0,1 puntos porcentuales, mientras que la tasa de ocupación llegó a 56,7%, disminuyendo 0,3 puntos en doce meses. A ello se suma que la población fuera de la fuerza de trabajo aumentó 1,2%, impulsada por personas inactivas potencialmente activas y por inactivos habituales.
Este último punto resulta especialmente relevante, porque revela que el problema laboral no se agota en quienes figuran oficialmente como desocupados. También existe un universo de personas que permanece fuera del mercado, pero que podría incorporarse si existieran mejores condiciones, mayores oportunidades o señales más claras de recuperación. Es allí donde las cifras comienzan a mostrar un deterioro más profundo que el simple porcentaje de desempleo.
La situación es todavía más compleja para las mujeres. En este grupo, la tasa de desocupación llegó a 10,0%, con un aumento de 0,5 puntos porcentuales en doce meses. El alza se explica porque la fuerza de trabajo femenina creció 1,8%, por encima del incremento de 1,2% registrado por las mujeres ocupadas. En paralelo, las desocupadas aumentaron 7,4%, incididas por las cesantes y por aquellas que buscan trabajo por primera vez.
Aunque las tasas de participación y ocupación femenina mostraron incrementos, situándose en 53,4% y 48,1%, respectivamente, el dato de desempleo confirma que la incorporación de más mujeres al mercado laboral no está siendo acompañada por una oferta suficiente de empleos. La brecha sigue siendo evidente: mientras la desocupación femenina llegó al 10%, en los hombres se ubicó en 8,1%.
En el caso masculino, la tasa de desocupación no presentó variación anual, debido a que la fuerza de trabajo y los ocupados disminuyeron en igual magnitud, con una baja de 0,1%. Sin embargo, el informe también muestra retrocesos relevantes: la participación masculina cayó 0,8 puntos porcentuales y la ocupación bajó 0,7 puntos, mientras los hombres fuera de la fuerza de trabajo aumentaron 3,5%.
La lectura crítica de estas cifras obliga a mirar más allá del leve crecimiento de la ocupación total. En doce meses, las personas ocupadas aumentaron apenas 0,5%, impulsadas exclusivamente por las mujeres, ya que los hombres registraron una disminución de 0,1%. Es decir, el mercado laboral no exhibe una expansión robusta, sino una recuperación lenta, parcial y desigual.
Por sectores económicos, el aumento de la ocupación estuvo explicado principalmente por actividades de salud, con un crecimiento de 6,1%; actividades profesionales, con 8,8%; comercio, con 1,1%; y actividades inmobiliarias, con una expansión de 18,8%. Sin embargo, por categoría ocupacional, el alza se concentró en personas asalariadas informales, que crecieron 10,9%, y en trabajadores por cuenta propia, con 1,8%.
Este punto es clave para entender la fragilidad del escenario. No basta con que aumente el número de personas ocupadas si una parte relevante de ese crecimiento se sostiene sobre empleos informales o formas de trabajo menos protegidas. La calidad del empleo aparece, nuevamente, como el flanco más débil de la recuperación laboral.
La tasa de ocupación informal se ubicó en 26,5%, aumentando 0,7 puntos porcentuales en doce meses. En las mujeres llegó a 27,9% y en los hombres a 25,4%, con alzas de 0,8 y 0,6 puntos, respectivamente. En la práctica, más de uno de cada cuatro trabajadores se encuentra en condiciones de informalidad, una realidad que afecta ingresos, seguridad social, estabilidad y acceso a derechos laborales.
Las personas ocupadas informales aumentaron 3,2% en doce meses. Según sector económico, las mayores incidencias se observaron en comercio, con un incremento de 7,9%, e industria manufacturera, con 5,8%. Por categoría ocupacional, el aumento estuvo influido por asalariadas privadas, con 10,7%, y asalariadas públicas, con 12,5%.
La informalidad se transforma así en una advertencia de fondo. El país puede mostrar un leve aumento de ocupados, pero si ese avance se apoya en empleos sin suficiente protección, el resultado es un mercado laboral más vulnerable, con trabajadores expuestos a menores ingresos, ausencia de cotizaciones o mayor incertidumbre frente a ciclos económicos adversos.
El informe también consignó que la tasa de desocupación ajustada estacionalmente llegó a 8,7%, con un aumento de 0,2 puntos respecto del trimestre móvil anterior. Este indicador, que permite observar la evolución del desempleo eliminando factores estacionales, refuerza la idea de que el deterioro no responde únicamente a elementos transitorios, sino que forma parte de una tendencia que requiere atención.
A ello se suma una baja en el volumen de trabajo. En doce meses, el total de horas efectivas trabajadas por las personas ocupadas descendió 0,1%, mientras que el promedio de horas trabajadas cayó 0,5%, llegando a 35,7 horas. En los hombres, el promedio fue de 38,4 horas, mientras que en las mujeres alcanzó 32,2 horas.
Este descenso en las horas trabajadas también debe ser observado con preocupación, porque puede reflejar subempleo, jornadas parciales no necesariamente voluntarias o una menor intensidad laboral. En muchos hogares, tener empleo no siempre significa contar con ingresos suficientes, especialmente cuando la ocupación se combina con informalidad, menos horas y aumento del costo de vida.
Uno de los datos más duros del reporte es la tasa combinada de desocupación y fuerza de trabajo potencial, que llegó a 17,4%, con un incremento de 0,5 puntos porcentuales en doce meses. Este indicador incorpora no solo a las personas desocupadas, sino también a quienes están fuera de la fuerza de trabajo y se encuentran disponibles para trabajar o buscando una ocupación.
En los hombres, esta tasa se ubicó en 14,6%, mientras que en las mujeres alcanzó 20,8%, dejando una brecha de género de 6,2 puntos porcentuales. La cifra vuelve a mostrar que las mujeres enfrentan mayores barreras de acceso y permanencia en el mercado laboral, en un contexto donde la corresponsabilidad, el cuidado y las condiciones de contratación siguen siendo factores determinantes.
El balance general deja una señal incómoda para el país. Chile no solo enfrenta una tasa de desempleo que sube, sino también un mercado laboral que crece poco, absorbe de manera insuficiente a quienes buscan trabajo, mantiene una alta informalidad y reproduce brechas persistentes entre hombres y mujeres.
La discusión, por tanto, no puede quedarse únicamente en si el desempleo subió dos décimas. El verdadero problema está en la calidad y profundidad de la recuperación laboral. Mientras la ocupación formal no avance con mayor fuerza, mientras la informalidad siga ganando terreno y mientras la desocupación femenina continúe en dos dígitos, las cifras seguirán mostrando una economía incapaz de entregar certezas a miles de familias.
El desafío para las autoridades y el mundo productivo es evidente: transformar el empleo en una prioridad real, no solo desde la estadística, sino desde políticas que incentiven la contratación formal, reduzcan las barreras de acceso, fortalezcan la capacitación y permitan que el crecimiento económico llegue efectivamente al bolsillo de las personas. Porque detrás del 8,9% no hay solo un indicador técnico: hay hogares que esperan una oportunidad laboral estable, digna y suficiente para enfrentar un año marcado por la presión económica y la incertidumbre.